El Sr. Jaguar

— Algún día sujetarás mi manguera…—

 

La vida de Mike Miller se ha ido a la mierda. El que un día fuera el quarterback más popular del instituto, ahora trabaja en una gasolinera en medio de la nada. Lo último que necesita es encontrarse con el chico al que solía atormentar en sus días de colegio y, lo que es peor, ver lo bien que a este le ha ido en la vida: ahora James es millonario y conduce un impresionante Jaguar plateado. ¿Podría su día ir peor? Sin duda, pero James «Lovelace» Austin también podría acabar siendo su vía de escape del trabajo que tanto odia.

Cuando James Austin para en una vieja y destartalada gasolinera y se encuentra con Mike Miller —abusón de instituto y amor platónico, todo en uno— cree que por fin las estrellas se han alineado a su favor y que podrá tener su esperada venganza de una vez por todas. Pero la situación se vuelve aún más surrealista cuando James descubre que Mike es gay y decide que, en vez de humillarle en su lugar de trabajo, le contratará durante el fin de semana para que le acompañe a una conferencia. Un tío bueno de su brazo es el accesorio perfecto para lucir ante sus amienemigos.

El único problema es que un Mike Miller gay podría reavivar muchos recuerdos del pasado y si James pretende mantener su corazón de empollón a salvo del deportista cachas, va a tener que poner cierta distancia entre ellos. Todo sería mucho más sencillo si Mike no le estuviera tirando los trastos descaradamente. Pero ¿y si en lo único que está interesado este es en el dinero de James?


Temas: Ceniciento, de enemigos a amantes, chico de compañía, acoso escolar, deportista/empollón, mecánico, millonario, antigua pasión, amor de instituto.

Género: romance contemporáneo M/M

Contenido erótico: escenas de sexo explícito M/M.

Longitud: ~ 33.000 palabras.

 

La versión original de esta historia fue escrita para un evento del grupo M/M de Goodreads, llamado Love´s Landscapes.

Hacía mucho calor y Mike se estaba asando con el uniforme de trabajo así que, desoyendo las órdenes de su jefe, se bajó la parte de arriba del mono hasta las caderas. Tenía bastante claro que lo que realmente molestaba al viejo era que su empleado estuviera de mejor ver que él. Por no mencionar que tanto la mujer, como la hija de Vega, Vanessa, le hacían ojitos y eso tenía que carcomer por dentro a su jefe. Si no le echaba era porque no iba a encontrar a nadie dispuesto a trabajar por la miseria que ofrecía y que, además, aceptara vivir en el viejo motel junto a la gasolinera.

Mike entró en la tienda con una caja de cervezas y ahí estaba Vega: sentado tras el mostrador, tirándose pedos, sudando y viendo algo en la televisión mientras se abanicaba con un periódico. Sin dirigirle la palabra, Mike se encaminó al frigorífico para rellenarlo. Cuando se fue de casa hacía tres años, no esperaba acabar trabajando en una gasolinera destartalada en medio del desierto, en un puesto sin ningún futuro y sin nadie a quién follar. Para nada. Cuando salió del armario y su familia le echó de casa, estaba seguro de que el paraíso gay le estaba esperando. Un continuo desfile de ardientes culos prietos y gargantas hambrientas. Y, en lugar de eso, estaba en este agujero de mala muerte, sacando lo justo para sobrevivir y sin posibilidad real de ahorro. No podía ni comprarse un coche, a pesar de dedicarse a reparar los de los demás.

La vida no estaba siendo justa con Mike Miller. Tan simple como eso. ¿No se suponía que un mecánico buenorro era el sueño de cualquier tío gay? Gracias al gimnasio del motel, que Vanessa le dejaba utilizar gratis, seguía estando tan en forma como en el instituto —a diferencia de algunos de sus compañeros de equipo—, pero eso no le ayudaba si siempre estaba sin blanca y nunca veía a nadie. Tenía veintisiete años y si las cosas iban a seguir como hasta ahora, quizá debería plantearse dejar embarazada a Vanessa y convertirse en el orgulloso heredero de Vega Gas & Motel.

Era una hora tranquila, sin mucho tráfico, pero como sabía que Vega no le dejaría tranquilo ni un segundo, sacó un trapo y fingió limpiar la puerta de la nevera de la permanente capa de polvo que siempre tenía encima. Mataría por una cerveza fría. Su garganta era como papel de lija, al contrario que su piel que estaba tan húmeda que casi parecía recién salido de la ducha.

Desde fuera le llegó el suave ronroneo de un motor y cuando este paró de forma abrupta supo que tenían un cliente. Mike gimoteó y siguió metiendo cervezas en la nevera, disfrutando del frío que emanaba de su interior: era como estar ante las puertas de Narnia. Cruzó los dedos para que el cliente se echara gasolina él mismo, pagara a su jefe en caja y desapareciera, pero la voz ronca de fumador de Vega le obligó a ponerse en marcha, reprendiéndole como si se tratara de un cachorrito desobediente.

—¡Eh, tú! Mueve el culo y vete a ver qué quiere el Sr. Jaguar.

Mike puso cara de paciencia y, antes de cerrar el frigorífico, se pasó una lata de cerveza por la frente.

—Ya voy, ya voy. ¿No se puede servir la gasolina él? Putos ricos.

Empezó a andar hacia la puerta y, justo cuando iba a ponerse las gafas de sol, fue cuando vio el Jaguar en toda su gloria: elegante y diseñado para correr como el animal que le daba nombre. El reflejo de los rayos de sol sobre el cuerpo del descapotable plateado era casi cegador, tanto, que Mike tuvo que desviar la mirada; y fue ahí cuando se percató de la esbelta figura apoyada en uno de los laterales del coche. El Sr. Jaguar estaba totalmente fuera de lugar en esta mierda de gasolinera. Llevaba unos pantalones color crema que le quedaban perfectos y una camisa blanca. Era la versión masculina de la típica rubia maciza que hasta Vega se desviviría por atender. Que una mujer así apareciera por aquí era tan probable como que un meteorito se estrellara contra la tienda y se cargara a Vega. Mike prefería el meteorito a la maciza. Sin duda. O al Sr. Jaguar, que ahora se pasaba los dedos por su pelo oscuro, mirándole a través de unas gafas de sol negras.

Mike salió de la tienda como hipnotizado, como si el tipo fuera esa cerveza fría con la que había estado soñando; y a este se lo pasaría por todo el cuerpo, no solo por la frente. Se puso sus gafas de sol e intentó quitarse de la cabeza la idílica idea de que este tío fuera gay. Aunque eso daba igual, porque por muy hetero que fuera, lo que sí podía hacer Mike era comérselo con los ojos.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó Mike acercándose al coche y deslizando la mano sin ningún tipo de pudor por la puerta del Jag. Vendería su alma por una máquina como esta.

La boca del chico se entreabrió como si hubiera sido Mike, con un dedo invisible, quien hubiera tironeado de ese suculento labio inferior. Tenía un ligero rastro de barba que hacía resaltar lo anguloso de sus mejillas. «Afiladas como cuchillas», pensó Mike, pero ni siquiera ese pensamiento sirvió para hacer desaparecer su excitación. No solía encontrarse con tíos buenos como este a menudo. Era delgado, pero, a juzgar por lo que dejaban entrever las mangas de la camisa que llevaba subidas hasta el codo, tenía unos brazos bastante tonificados, cubiertos por un ligero vello negro. El cliente le miraba en silencio con el ceño fruncido bajo las gafas de sol.

—Oye, que no tengo todo día —se quejó Mike poniendo los brazos en jarras.

No iba a aceptar gilipolleces del Sr. Jaguar por muy bueno que estuviera. Pero es que estaba tan cañón, que Mike se imaginaba a sí mismo agarrándole y follándoselo sobre la capota del coche. Sería un doble tanto porque podría enterrarse en este pedazo de tío y acariciar la carrocería del Jag al mismo tiempo.

—Me resultas familiar —dijo el cliente mientras, muy lentamente, se quitaba las gafas de sol y revelaba un par de expresivos ojos, que ahora se estrechaban sobre él y eran tan azules como el cielo sobre sus cabezas.

Mike le echó otro vistazo desde los elegantes zapatos de piel hasta el peinado tan de moda que llevaba.

—Nunca he salido del condado, así que lo dudo —dijo acercándose un poco más a él, esperando que Vega no le viera desde la silla apestosa en la que seguía sentado. ¿Y si al final este tío era gay? Quizá lo de «me resultas familiar» era una frase para ligar. ¿Por qué se le darían tan mal este tipo de cosas?

—Antes vivía en esta zona —dijo el Sr. Jaguar mirándole detenidamente—. ¿No fuiste al instituto Alberta?

Mike frunció el ceño y dio un paso atrás.

—Sí, ¿por qué? —Se quitó las gafas y se pasó los dedos por su pelo castaño. Mierda. Debería haberse peinado esta mañana. ¿Sería este el momento en el que soltar algo como «me acordaría de alguien tan impresionante como tú» y ambos se reirían y acto seguido se irían a la parte trasera para una mamada rapidita? Porque el Sr. Jaguar tenía una boca bonita y más ahora que estaba sonriendo.

—Eres Mike Miller, ¿no? El quarterback.

Mike le sonrió de forma sugerente. «Mike Miller, el quarterback» sonaba muy bien. Qué pena que ya no estuvieran en el instituto y que uno no pudiera vivir de ser un jugador de fútbol mediocre. No había sido mal jugador, pero tampoco lo suficientemente bueno para conseguir una beca.

Pero bueno, el problema de Mike ahora mismo era otro y es que no ponía nombre a esos ojos azules.

—Sí, pero hace mucho de eso —dijo y extendió la mano. Esperaba que el Sr. Jaguar le sacara de su miseria y le dijera su nombre, pero ni siquiera estrechó la mano que Mike le ofrecía.

—¿Sabes quién soy? —preguntó con una pequeña sonrisa.

Mike ladeó la cabeza y se pasó la mano por el estómago sudoroso como si nunca se la hubiera ofrecido. La situación empezaba a incomodarle.

—No, la verdad es que no. —Se encogió de hombros tratando de parecer indiferente, a pesar de que notaba cómo una ola de vergüenza le iba subiendo por la espalda. Un hijoputa al que supuestamente conocía del instituto aparecía en un Jag y a Mike no le quedaba más remedio que echarle gasolina y sujetar la manguera para él. Perfecto. Otro maravilloso día en la vida de Mike Miller.

El cliente suspiró y asintió con la cabeza levemente.

—Te refrescaré la memoria: soy el chico al que acorralaste en los vestuarios y duchaste con agua helada para echarte unas risas con tus compañeros de equipo —dijo forzando una sonrisa.

Cualquier amago de sonrisa se borró de los labios de Mike en un instante. Esto no podía estar pasándole a él. Pero, sin embargo, ahí estaban: el empollón gay del instituto, él, y una manguera de por medio. Seguro que para este tipo era como un sueño hecho realidad. Una profecía destinada a pasar. Lo único que podría haber empeorado las cosas es que Mike hubiera estado gordo. Ni siquiera se acordaba del nombre del Sr. Jaguar, solo del apodo que le pusieron después de su involuntaria salida del armario durante una exposición de clase.

Lovelace.

Le habían puesto ese mote en honor al personaje de la película Garganta profunda. Mike suspiró y se alejó otro paso más. Su vida acababa de caer todavía más bajo.

—Me llamo James, no Lovelace —susurró… James, que no se parecía en nada al flaco y desgarbado adolescente con pelo largo que Mike recordaba del instituto—, pero me alegra que mi existencia te divirtiera lo suficiente como para que te acuerdes de mí.

A pesar de lo que este encuentro estaba cabreando a Mike, lo único en lo que podía pensar era en que, al final, resultaba que el Sr. Jaguar sí que era gay. Metió las manos en los bolsillos del mono y tragó saliva. James había sido el primer gay de carne y hueso que Mike había conocido y había querido tener algo con él incluso en su época de patito feo. Pero ninguno de sus intentos había funcionado como debería. Y lo de estar en el armario tampoco había ayudado. Como lo de la artimaña de la ducha; ese fue un fallo de los gordos. Mike se había imaginado que funcionaría como en una película porno: conseguía meter a James bajo el agua, le desnudaba y… pues pasaría lo que tuviera que pasar. En su lugar, el puto equipo de fútbol americano al completo había entrado en los vestuarios rompiendo la magia.

—Lo que tú digas. Para mí siempre serás Lovelace. —Mike fingió una sonrisa porque, vale, puede que fuera más pobre que las ratas, pero aún podía obtener cierta satisfacción frente a este tipo al que solo le faltaba un cartelito que dijera: «Mírame, tengo un Jag».

James se puso de nuevo las gafas de sol y frunció el ceño.

—Iré a por un café. Lávame el coche —dijo y empezó a andar hacia la tienda.

Mike levantó los brazos en señal de incredulidad.

—¿Estás de broma?

—Las llaves están puestas —contestó James mientras presumía de culo estupendo. O, por lo menos, eso es lo que Mike creyó que estaba haciendo. Esos pantalones le quedaban como un guante.

Mike echó un vistazo al Jag y, por un segundo, se planteó subirse, hacerle a Vega un gesto de «que te jodan» y marcharse para nunca volver. Y lo mejor de todo el plan: dejaría a James tirado y sin coche. Pero Mike jamás haría una cosa así. No era un delincuente, a pesar de que su vida sería mucho más fácil si lo fuera.

Respiró hondo y volvió a tocar la puerta. El coche era tan bonito que daba igual quién fuera su dueño. Le llevó un rato ponerse al volante, tímido como si estuviera cortejando a una virgen. La tapicería de cuero claro era suave y el asiento un sueño hecho realidad. Nunca había tenido la oportunidad de conducir un coche tan fino, tan nuevo y con tanta clase. Sí, esa era la palabra. No tenía una gran pecera en la parte trasera ni tele, ni altavoces de esos gigantes, pero todo lo que había era de la mejor calidad y el olor a colonia en el aire tenía a Mike con los nervios de punta.

Con cuidado, llevó el Jaguar hasta al garaje donde solía lavar los coches. Al menos aquí tendría algo de sombra. El trayecto hasta allí era corto, pero estaba siendo tan suave como extender mantequilla derretida sobre una tostada.

Al salir del coche, Mike se fijó en que este no estaba tan brillante como le había parecido a simple vista. Exactamente igual que el desconocido tío bueno que al final había resultado no ser tan desconocido.

Así era su vida: o no conocía chicos gais o conocía a un gay que estaba como un tren, pero que jamás se la chuparía. Refunfuñando, preparó el material y empezó a enjabonar con una esponja el precioso exterior del Jaguar. No reparó en la silueta de James hasta que dirigió la mirada hacia la puerta abierta. ¡A saber cuánto tiempo llevaba ahí mirándole con sus ojos gais!

—No tienes que supervisarme. Sé lo que me hago. —Mike enjuagó la esponja en un cubo de agua limpia y volvió a llenarla de jabón.

—Lo sé —dijo James dándole un trago al café que traía en un vaso de papel. Saber que el café de la máquina expendedora estaba caducado era un conocimiento que ahora mismo llenaba a Mike de una gran satisfacción—, solo estoy disfrutando de las vistas.

Mike dejó de hacer lo que estaba haciendo y se quedó mirando a James. Respiró hondo hasta el punto de notar los músculos de su estómago contraerse. Menos mal que estaba moreno, porque un rubor de vergüenza se extendió sin remedio por su cara al oír ese comentario.

—Apuesto lo que sea a que en el instituto estabas colado por mí, ¿a que sí? —Mike tentó a su suerte un poco más y, mientras aclaraba con la manguera la parte que acababa de limpiar, como si este encuentro no le estuviera afectando en absoluto, añadió—: ¿Y cómo te va siendo gay?

—Pues sí, eras uno de los tíos en los que pensaba cuando me la cascaba. —James dio un trago a su café y se apoyó contra la pared—. Ser gay es la monda. ¿Qué tal te va a ti siendo heterosexual?

Mike frunció el ceño sin saber qué decir. ¿De dónde había sacado Lovelace esta seguridad en sí mismo? Bueno, podría ser que viniera con el dinero con el que había conseguido el maravilloso Jag y las gafas de sol de marca. Imaginarse a este James crecidito pelándosela hizo que su respuesta se quedara ahí atascada y, mientras se agachaba para limpiar una de las ruedas, terminó soltando:

—Bien. —Era un puto fracasado—. Con estos abdominales no hay chochito que se me resista.

—Ya me imagino, ya. Son el sueño de cualquiera, y más estando todo sudoroso. —James sonrió y se acercó un poco más, apoyando una mano sobre una silla de madera.

Mike sintió la repentina necesidad de subirse el mono y cubrirse, pero al segundo lo único que quería era desnudarse lo más rápido posible.

—Es un lavado de coches, no un club de estriptis. —Mike le dirigió una mirada fulminante y frotó la rueda con tanta fuerza que los músculos le empezaron a doler.

James dejó el vaso en la silla y sacó la cartera. Sacó un billete verde e hizo un sonido de frufrú con él entre los dedos.

—Podrías desnudarte para mí.

El estómago de Mike dio un vuelco y casi se le cae el cepillo al suelo al mirar el billete de cien dólares. ¿Sería caer demasiado bajo? Probablemente no, ya que había llegado al punto en el que lavaba su ropa junto con la de Vanessa para no tener que ir a una lavandería.

—Más —dijo al final, echando un vistazo alrededor del garaje y hacia fuera, hacia el aire caliente que se arremolinaba en la carretera.

James se rio.

—¿Por un estriptis? Pero si ya estás medio desnudo.

Mike tragó saliva y aclaró la rueda con la manguera.

—Pero apuesto a que estás deseando verme la polla —dijo sonando más seguro de lo que en realidad se sentía. Los hombros de James tenían una forma muy bonita. No podía creerse lo que Lovelace había mejorado.

—No sé, ¿no me estarás vendiendo algo que no merece la pena? —le provocó James, que cogió la taza de café y siguió bebiendo.

Mike cerró el grifo del agua y se acercó más, notando cómo el corazón se le iba a salir por la garganta. James le aterrorizaba y excitaba a partes iguales.

—Vale, cien por un estriptis y mil por lavarte el coche desnudo.

Sabía que se la estaba jugando —y humillándose en el proceso—, pero nadie tenía por qué enterarse y Mike por fin podría ahorrar algo de dinero. Bueno, eso si no se volvía alcohólico después de vivir una experiencia así de traumática.

James se sentó con calma en la silla y cruzó las piernas. Parecía estar divirtiéndose; lo mismo que disfrutaría un gato atormentando a un pobre ratón.

—Te doy doscientos por una paja.

Mike tragó saliva, tremendamente consciente de cada gota que se derramaba desde la manguera al suelo. Sí, quería tocar a James. Lo haría gratis. Si tuviera dinero, incluso pagaría por hacerlo. Pero que el propio James le pusiera un precio lo hacía parecer más sucio que el Jag que estaba limpiando. ¿De verdad era esto para lo que había quedado? Bajando la vista al suelo, asintió. No es como si fuera a sufrir. No es como si le pidieran que le comiera la almeja a alguna tía. O que se la chupara al tipo, para el caso.

—Iré a cerrar la puerta —murmuró casi sin aliento, la vergüenza y la excitación enredándose en su interior y convirtiéndole en una especie de Jägerbomb mal mezclado.

James asintió, relajándose en la silla.

—¿Sabes? La única razón por la que lamento no haber hecho deporte en el instituto es el haberme perdido todos esos rabos en los vestuarios.

Mike bajó la puerta del garaje, notando cómo el mono se le deslizaba un poco caderas abajo. Durante unos segundos estuvieron rodeados de oscuridad, pero la realidad se hizo visible de golpe en cuanto Mike encendió la luz.

Tras lavarse las manos en el pequeño lavabo, se frotó la nuca y se aproximó a James, inseguro de cómo entrar en faena estando este sentado.

—Deberías haberle hecho saber al equipo que nos la querías chupar.

James cogió aire de golpe, y el sonido fue más que evidente debido al silencio reinante en el garaje. Se aclaró la garganta.

—Sí, claro, para que los heterosexuales se divirtieran un rato con el marica.

—Quizá alguno de los jugadores fuera gay. —Mike se encogió de hombros y caminó hacia James. Sin más miramientos, se agachó, puso la mano en el respaldo de la silla, por encima del hombro de este, y la otra mano la dirigió a la cremallera de sus pantalones. De perdidos al río. No había estado con un tío en tres años y no iba a dejar que este lindo pajarito se le escapara.

Pero parecía que el pajarito quería volar. James jadeó y se escapó de su alcance, tambaleándose hasta la pared. El café se le cayó, dejándole un riachuelo marrón en los pantalones.

—¿Qué haces? —susurró James, pero fue más como un jadeo, las palabras parecían atascadas en su garganta.

Mike frunció el ceño y se incorporó.

—Dijiste que querías una paja. ¿Es que creíste que no lo haría? ¿Qué es esto, una especie de broma? Porque no tiene ni puta gracia —dijo apretando los puños.

—¡No! —Y sonó como si James escupiera la palabra con asco—. ¡Quería que te hicieras un paja! —añadió sin aliento.

Oh. Así que Mike no era lo suficientemente bueno para tocar al Sr. Jaguar y solo era digno de unas cuantas miradas lujuriosas. Se quedó un rato pensando en eso y la idea le dejó un sabor desagradable en la boca. Respiró hondo y se echó para atrás sintiéndose como un idiota.

—Vale, lo que tú digas, lo haré —dijo Mike en tono quejumbroso.

James tragó saliva, pero permaneció en la pared con los brazos cruzados.

—Adelante.

Estaba bueno hasta decir basta.

Mike tragó saliva intentando no sentirse como una mierda bajo los carísimos zapatos de James y retrocedió hasta el Jag, sentándose en el capó.

—¿Qué se siente al ver tu sueño hecho realidad, Lovelace?

Aunque estaba escondido en las sombras, el movimiento en la nuez de James al tragar fue evidente.

—Todavía no he visto nada.

Mike suspiró descontento, pero decidió que había llegado el momento de enseñar la mercancía. Se bajó la cremallera del uniforme en un movimiento ágil. En días calurosos como el de hoy no solía ponerse nada debajo del mono, así que eso era todo: su polla estaba a la vista bajo las brillantes luces, endureciéndose. Miró a James, imaginándose lo que sería sentir esos labios llenos a su alrededor.

Mike era un tío grande —ambos sabían lo fácil que había sido para él intimidar a James—, estaba bueno y tenía una gran polla, pero, aún eso, se sentía raro desnudándose ante la atenta mirada de alguien más y con el único fin de entretener a esa persona. Porque él obtendría placer, sí, pero resultaba obvio que ese orgasmo no sería realmente suyo. Apoyó el culo en el húmedo metal, que empezó a calentarse por el contacto y todo lo hizo en el más absoluto silencio. James simplemente estaba ahí, como si fuera una especie de cámara humana.

Mike intentó parecer natural al deslizar su mano hacia abajo y traer su polla a la vida. ¿Valía la pena perder su dignidad así, por doscientos dólares? Pues la verdad es que no estaba seguro, pero la dignidad la tenía bajo mínimos desde que la semana pasada tuviera que recoger el vómito de Vega del suelo de la tienda. Joder, no, ahora no debería estar pensando ni en Vega ni en vómitos. Así que volvió a centrarse en James: en sus mejillas angulosas, en sus ojos azules, en las venas de esos tonificados brazos…

Mike se escupió en la mano y, con un gemido, empezó a meneársela. James cogió aire y se acercó un poco más, lo suficiente para que la luz iluminara su cara. Su boca entreabierta contrastaba con esos ojos medio cerrados y escondidos tras sus pestañas, haciéndole parecer como hipnotizado.

Respirando hondo, Mike aceleró sus movimientos. Suponía que este era todo el poder que tenía sobre James, lo que no era mucho en comparación con un Jaguar y una cartera a rebosar de dinero. Bajó la mirada hacia la cabeza de su polla y gimió antes de levantar los ojos y centrarse de nuevo en James. Los músculos de su estómago bailaban con cada aliento y con cada gemido, y la piel le cosquilleaba con sensaciones entremezcladas de vergüenza, impotencia y excitación. Estaba frente a un gay de carne y hueso, un gay que le estaba mirando, excitándose, acercándose… Espera, ¿qué?

James se le había ido acercando poco a poco, con las manos firmemente apretadas en la parte de atrás de su cuello y, a juzgar por el bulto en sus pantalones, estaba claro lo que pensaba de la escena que estaba presenciando.

—Si quieres chupármela, son quinientos más —dijo Mike con voz ronca, esperando que James aceptara la oferta.

Empezó a trabajarse la polla más deprisa mientras deslizaba la mirada por la entrepierna de James, pero este se echó para atrás, retrocediendo de nuevo hacia la semioscuridad y observando en un silencio sepulcral el cuerpo iluminado de Mike.

Mike perdió algo de impulso, avergonzado por lo que acababa de ofrecer, pero todavía más, por haber sido rechazado. Puto ricachón. Se miró la polla y empezó a acariciarse con ferocidad, tratando de olvidar que James estaba allí. Le gustaba mirarse su propia verga, así que sin problema. Disfrutaba observando la forma en que la cabeza de su polla desaparecía en su puño. Mike se imaginaba haciéndoselo a otro tío y esa imagen siempre ayudaba. No le llevó mucho correrse explotando por todo el suelo mientras gruñía y trataba de recobrar el aliento. Satisfecho, acarició la parte superior del Jag imaginándose que era suyo.

Despacio, levantó la vista al techo, fijándose en las tuberías y en los cables que de ahí colgaban porque nadie se molestaba en hacer nada, ni siquiera en limpiar un poco el polvo. No le llegaba sonido alguno desde la esquina donde James parecía estar protegido.

Antes de levantarse, Mike se tomó unos segundos para que su respiración volviera a la normalidad. Se estiró, intentando parecer tranquilo y natural, y miró a James mientras se subía la cremallera del mono.

—¿Contento?

—Sí, ha estado bastante bien —contestó James estirando la mano en la que tenía los dos billetes que Mike se había ganado por diez minutos de trabajo.

Tuvo que ser él quien se acercara a James para coger el dinero de su mano, lo que ya fue el súmmum de esta experiencia.

—¿Has venido hasta aquí solo para esto? —se quejó Mike guardándose el dinero.

—No, sigo queriendo que me laves el coche —contestó James, y se metió las manos en los bolsillos, a ambos lados del bulto en sus pantalones. Mike podía oler su excitación, lo cual era una sorpresa porque su gaydar nunca funcionaba.

—Claro, ¿por qué no, verdad? ¿Por qué no quedarte a disfrutar de lo mal que me ha ido la vida? Mike volvió a los cubos intentando ignorar la vergüenza que le invadía—. «Mírame, antes era el pringao del instituto, pero ahora tengo un Jaguar» —murmuró Mike mientras metía la esponja en el cubo de agua jabonosa.

James suspiró.

—Lo llevas fatal, ¿eh?

A Mike se le aceleró el pulso y notó cómo la vena del cuello se le hinchaba. Ni siquiera su reciente orgasmo calmaba la rabia de ver a James restregarle su éxito por su orgullo herido. ¿Qué le iba a pedir ahora? ¿Que le sacara brillo a sus zapatos? Porque lo peor de todo era que, por un precio razonable, Mike lo haría. Y es que, por mucho que se lo negara a sí mismo mientras seguía limpiando la capota del coche, haría casi cualquier cosa por salir de este agujero.

—Y tú debes llevar fatal ponerte así de cachondo conmigo. —Mike se agarró a la única ventaja que esperaba tener sobre James.

Este se rio y, sin rastro de nerviosismo, dijo:

—No eres más que un bonito pez, en un mar lleno de ellos.

Mike no se atrevió a levantar la mirada temiendo que sus mejillas estuvieran tan rojas que el rubor fuera perceptible.

—Eres un capullo —dijo en voz baja y se agachó para limpiar la puerta. No es que el coche estuviera sucio, era más polvo que otra cosa, por lo que el lavado estaba resultando bastante sencillo.

—Pues, entonces, ya tenemos algo en común —dijo James.

—No tienes ni puta idea de cómo soy. —Mike secaba la superficie plateada cada vez con más rabia. ¿Qué derecho tenía este cabrón a entrar aquí pavoneándose, dándole órdenes y haciéndole sentir como una mierda? Para luego, encima, quedarse ahí, como un rico helado que Mike no podía lamer.

—Quizá esté interesado en saber más sobre ti.

—¿Ah, sí? —dijo Mike con mal tono—. ¿Y eso por qué?

James empezó a caminar sin alejarse de la pared y fue hacia el otro lado del coche. Mike no levantó la vista, pero aun sin verle la cara, podía seguir sus pasos a través del cristal de las ventanas.

—Pura curiosidad. Siempre me ha gustado saber cosas.

A Mike empezó a hervirle la sangre y se levantó. Ya no aguantaba más. Apretó la esponja con la mano y miró a James a los ojos.

—Claro que te gusta saber cosas, el que nace empollón, muere empollón. Pues mira, aquí estoy, atrapado en un trabajo de mierda y sin ningún lugar al que ir. Y no soy ningún gilipollas, soy buena persona. Lo único que necesitaba es que alguien me diera una oportunidad, pero nadie lo hizo. —Cogió aire, sorprendido y abrumado por estar soltándolo todo así—. Y yo soy aquel jugador de fútbol gay que lo único que quería era una mamada del único otro chico gay que conocía. ¡A tomar por culo todo! —Lanzó la esponja dentro del cubo y se dirigió a la puerta. Hasta aquí había llegado. Hasta él tenía un límite. En su salida le dio una patada a una escoba.

—¿Qué has dicho? —La voz de James sonaba alta y clara, al igual que sus pasos, que parecían pisarle los talones.

Mike emitió un quejido y puso los ojos en blanco.

—Ya me has oído, así que ahora, déjame en paz.

—¿Eres gay? —James agarró a Mike por el hombro, haciéndole retroceder.

Mike respiró hondo y se obligó a girarse, pero se quitó la mano de James de encima.

—Sí, coño, soy gay.

James le miraba con los ojos como platos.

—¿Y por qué no me lo has dicho antes? —soltó, cruzándose de brazos.

Mike hizo un mohín con los labios y también se cruzó de brazos.

—¿Y por qué iba a hacerlo?, ¿para que te rieras todavía más de lo triste que es mi vida?

James parpadeó y negó con la cabeza, despacio.

—Bueno, pues, para empezar, te la podría haber chupado. Lo que no quería era tener a un tío hetero tocándome, me daría repelús.

—¿Me la hubieras chupado? —Esa era la única información que se había filtrado en el cerebro de Mike.

James se encogió de hombros y desvió la mirada.

—Sí, ¿por qué no?

—Pues no sé, ¿porque ahora soy un tío patético con el que no quieres tener nada qué ver? Ah, y… ¿porque me odias?

—No creo que te odie tanto como tú odias tu trabajo —dijo James levantando la vista abruptamente para mirar a Mike a los ojos. Parecía que incluso había crecido.

Mike se sacó los doscientos dólares del bolsillo.

—Bueno, al menos ahora tengo algo de efectivo para poder ahogar mis penas. No es tan fácil salir de aquí. ¿Cómo has llegado tú a esto? —dijo haciendo un gesto en la dirección tanto del Jaguar, como del mismo James.

James frunció el ceño.

—Si pasas conmigo el fin de semana, podrás conocer los detalles. ¿Dos mil dólares serán suficientes por tu tiempo?

Mike tragó saliva y, mirando esos increíbles ojos azules, dijo:

—Yo… ¿Se trata de algún rollo sexual raro? —preguntó, sintiéndose cada vez más inseguro.

James puso cara de paciencia.

—Claro que no. ¿Querías una oportunidad? Pues aquí está. Me gustaría irme en veinte minutos, así que decídete —dijo con expresión seria.

El corazón de Mike iba tan rápido que estaba seguro que le iba a dar una arritmia e iba a caer muerto.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer?

James tragó con dificultad, pero no apartó la mirada.

—Fingir ser mi pareja en la conferencia a la que tengo que ir.

Se tomaron su tiempo, pero finalmente, los engranajes oxidados del cerebro de Mike parecieron ponerse en marcha: ¡Ja! Así que la vida de Lovelace no era tan perfecta.

—Dos mil dólares y un billete a Las Vegas.

James se rio.

—¿Para qué? ¿Quieres empezar una carrera como stripper profesional?

Mike le dirigió una mirada helada.

—No. Es que siempre he querido ir y podría ser un buen sitio para empezar de cero. Podría trabajar como camarero o alguna mierda de esas.

—«Alguna mierda de esas» suena estupendo —dijo James, pero extendió los brazos con un suspiro y añadió—: Trato hecho.

—Ahora soy tu pareja así que trátame mejor, joder —gruñó Mike y levantó la puerta del garaje, entendiendo a duras penas el trato al que acababa de llegar.

—¿Podrías aclarar el jabón antes de irte? —James hizo un gesto hacia su coche, pero el brillo en sus ojos era diferente. Algo había cambiado, aunque Mike no sabía exactamente qué.

 

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